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Al principio me daba pánico que me corrigiera Aguilera,
aquellos puñetazos en el tablero, aquel sentirme absurdo e inútil con mi dibujo en su presencia, dibujar las piernas de los modelos… mis piernas eran un horror. Buscaba siempre a Mauri que con su calma y paciencia me diera ánimos, me los daba hablándome del aire, de la atmósfera que debían envolver a los elementos. Me encantaba la atmósfera porque la conseguía borrando los errores, a más fallos y a más dudas, el ambiente estaba más presente, más cargado. También el papel más roto y más arrugado. En la clase de dibujo del natural había dos niveles de altura, Aguilera solamente corregía a los que se ponían debajo. En parte por masoquismo y en parte por ser consciente del enorme privilegio de estar en su clase, siempre que pude estuve debajo, temblando, pero sabiendo que probablemente ese día en una esquina de mi papel gris, Don Miguel dibujaría un pie o una mano o el cuerpo del modelo con solo dos trazos y con otro trazo más todo se movería como en los dibujos animados. Un espectáculo de magia en cada clase con el
que poco a poco, terminé perdiéndole el miedo al dibujo y al maestro.
Ahora cuando doy clases yo también dibujo en una esquina si puedo y hablo de la atmósfera y doy algún puñetazo que por experiencia sé que aparentemente suena tremendo, pero funciona como un abrazo.
Profesor de Volumen en la Escuela de Arte de Málaga.

Profesor de Volumen en la Escuela de Arte de Málaga.
Ejercicio nº 127.802
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