
Autor: Gabriel de la Riva
Título: Dingo sentado
Dimensiones: 70 x 50 cm
Técnica: acrílico sobre papel
En mayo de 1983 cuando estaba terminando aquel curso, me propuse hablar individualmente con algunos de los profesores; y lo hice con Juan Francisco Cárceles, Francisco Arquillo Torres, y con Miguel Pérez Aguilera. El encuentro con este último fue un tanto áspero, y ahora con la experiencia que da el paso de los años compruebo y lamento que no usé los términos más adecuados para expresarme. Y aún más cuando compruebo que Miguel tenía entonces 68 y yo 20 impetuosos años. El caso es que tengo anotada la conversación en una vieja libreta de anillas que acabo de releer, y aunque no encuentre las oportunas frases elogiosas que vendrían al caso en un homenaje como este, creo sin embargo que tienen el valor del testimonio vivo, y de las frases de Miguel anotadas tal como las escuché.
Cuando acabé aquel tercer año de carrera tenía una rara sensación de desazón por no ver cumplidas algunas de mis expectativas. Partiendo de que Miguel Pérez Aguilera me imponía por su edad, por su seriedad, y por la gravedad de su gesto, me armé de valor superando mi timidez durante un
descanso de clase en el patio de la facultad y me acerqué para decirle que “el curso se me había pasado sin coger nada”. Ante tan desafortunado intento de comunicación, él me respondió que yo no había puesto de mi parte, y que “el que empieza y ya se cree un genio no va a ninguna parte … Hay que tener la suficiente humildad como para aprender de alguien a quien avala la experiencia”. Se fue metiendo alguien más en la conversación, y yo no me sentía escuchado. Entonces contó el ejemplo de “un alumno que hacía dibujitos muy bien hechos” pero que “no asimilaba el concepto de la clase”. Aprobó con un 5 y se molestó muchísimo, aunque al cabo de los años regresó a aprender humildemente. Y fi nalizó esta historia con: “Hoy en día es un fracasado que se
dedica a decorar búcaros y cosas así …”
De camino Miguel Pérez Aguilera manifestó su disconformidad con la metodología de dibujo que recibíamos en los cursos anteriores. Además me dijo que mis dibujos carecían de interés por no tener planteado nada, y argumentaba que lo importante es la expresión, el gesto y el modelo en su totalidad.
Argumentaba (con una postura que repetía frecuentemente) que había que coger la planta, el estilo de la pierna y no el detalle. También me dijo que la personalidad le venía a uno cuando se aleja de aquello que lo ampara: tu casa, tu familia, tus amigos, tu ciudad, etc.
Este compendio de sabiduría no fui capaz de asimilarla con mi inmadurez de ese momento, y fui entrando en un estado de zozobra cada vez mayor. Entonces llegó el momento de incorporarnos a la clase donde me crucé con mis compañeros Águeda y Mané. Frente al tablero de dibujo solo hice una línea con el carboncillo hasta que explotó mi estado de angustia y rompí a llorar saliendo fuera del aula. Corrí por las calles del centro de Sevilla, con las lágrimas cayendo por mi rostro, hasta el piso donde se hospedaba un compañero
que ya no venía a clase: Pepe Raya, con el que me desahogué contando lo que me había pasado. Lloré con él y él lloró conmigo. Un muro de incomunicación nos separaba de la facultad de Bellas Artes.
Chocaron sin saberlo una concepción del dibujo como recurso para análisis de la realidad, con una manera de concebir el dibujo expresiva, de dentro para fuera. Me faltó saber ver en el profesor al creador, y me faltaron fórmulas
docentes en las que ver obras, ejemplos y modos de hacer arte.
Dibujante y profesor de Dibujo
en IES ‘San Blas’, Aracena (Huelva).
Aracena, 7 de agosto de 2020























